Etapa 3

Zubiri

a Pamplona

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Esta vez no inicio la etapa en solitario. Salgo con Alex, un venezolano, y con tres coreanos, Puka, Gina y un señor al que llamaban “father”. A la salida de Zubiri, desde el bacón de la última casa del pueblo, nos invitan a desayunar. Los coreanos agradecen pero rechazan la oferta, Alex y yo no lo dudamos. Javier y su madre nos sorprenden con un bizcocho casero, que untado en el colacao, nos sabe a gloria. Javier me comenta que por delante de su casa pasan miles y miles de peregrinos de todo el mundo a lo largo del año. Le encanta hablar con ellos y conocerlos. Una maravilla.

Reanudamos la marcha, pero al poco rato me paro para que Alex siga andando. Me apetece ir solo. Es lo bueno del Camino, cada uno va a lo suyo. Si quieres quedarte solo no tienes que dar explicaciones y nadie se molesta. Al rato empieza a llover y me refugio en el soportal de una iglesia esperando que escampe. Aparecen los coreanos que se habían equivocado de camino, me hacen mucha gracia. Me parece que la lluvia me acompañará todo el día, así que es mejor hacerse a la idea y continuar el camino.

En Arleta, a 7 kilómetros de Pamplona, distingo la silueta de dos peregrinos que vienen en dirección contraria. Igual la contraria era la mía… Mayores, pero ágiles y con una cara de felicidad que contrastaba con la intensa lluvia y el viento que nos azotaba. Me paro a hablar con ellos. Salieron de Le Puy, llegaron a Santiago y volvían al punto de partida. Vuelvo a caminar totalmente aturdido pensando en mis dolores, mi cansancio, lo poco que he caminado y lo mucho que me queda. Me cuesta apartar de mi mente sus caras mojadas, pero alegres y frescas. Como si acabaran de salir del portal de casa.

Arrecia el viento y la lluvia, y me tengo que ir parando, cabreado y sorprendido, de lo que me está costando llegar a Pamplona. Consigo cruzar el puente sobre el Ulzama y me desplomo en los soportales del albergue del convento de la Trinidad de Arre. Completamente empapado y sin quitarme la mochila de la espalda, permanezco en el suelo unos diez minutos con los ojos entornados, alucinando. Sin poder creer lo que estaba sufriendo y lo que me faltaba hasta Santiago. Empiezo a dudar.

Paro a comer en el hogar del jubilado de Villaba, el lugar más apropiado para mi estado. La mesa más cercana al radiador y el cocido caliente me reaniman y me dan fuerzas para llegar a Pamplona.